23 diciembre 2013

Anoche fui a una muestra de percusión africana. Tuve una revelación pero la olvidé ni bien abandoné el lugar. Tenía que ver con la liberación del cuerpo, la gente capa y yo que sé. Me venía preguntando cosas hace una semana y me parece que ya está, que ya no hay más preguntas. Pasó algo que ni yo sé. Había estado comiendo frutas todo el día y después en la muestra tomé cerveza. De ahí, nos fuimos con Caro al cumpleaños del papá de Flor. Tomé fernet y me sentí verborragica. Generalmente el alcohol no hace eso conmigo, pero pensé que quizás tenía que ver con un poema que habíamos escrito esa tarde. Decía algo así como verborragia vs. bajón. Después caminamos con unos chicos que estaban en el cumpleaños hasta la playa. La música me parece que era bastante cualquiera. Seguimos tomando fernet. En un momento me di cuenta que se me estaba por apagar la tele, entonces me tomé un taxi a mi casa. Cuando llegué sabía perfectamente que no me podía acostar así. Pensé no puede ser, tiene que existir una fórmula para acabar con esto, una fórmula para vencer la borrachera, que se vaya de mi cuerpo y que no sea vomitar. En este caso, no funcionaba la teoría que habíamos inventado una noche bailando Sara Hebe: activar las manos cuando alguien está especulando o apoyarla en una superficie plana. En ese tiempo todo tenía que ver con la buena suerte y la mala racha. Pero esto no era lo mismo, no podía activar las manos ni darme cuenta si alguien estaba especulando o no. Entonces dejé prendida la luz y me quedé enfocando un objeto. Pensé en que podía depositar toda mi noción de belleza en un objeto, que no alcanzaba con focalizarlo y nada más. Así que lo hice, decidí que toda la belleza que hay en el mundo iba a estar ahí, donde yo estaba mirando. Es más fácil memorizar los detalles cuando creemos que hay belleza en ellos, una belleza innominada y externa. Yo sé que esto te suena a algo que ya escribimos. Me levanté fresca, como salida de la pileta. Mi objeto de belleza era una lámpara de bajo consumo, por supuesto. 
A veces pienso: ojalá leas mis poemas y creas que son estúpidos, pero que tienen una belleza innominada y externa, que te hacen acordar a algo que ya viviste.

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pogo