20 julio 2013

fragmentos de otra cotidiana que no soy

Quería decirte que ojalá te vayas a dar una vuelta en bici por la galaxia y no regreses nunca.

Hoy volví a usar la bici roja. Recuerdo que la última vez que la usé, hacia un par de días que te habías ido a Brasil. Yo estaba en uno de esos trances, que parecía que me iba a dar una vuelta de 180°, mirarme al espejo y saludarme multiforme. Entonces, agarré la bici y pedalee hasta el mar. En el camino casi me mato. Siempre que estaba arriba de esa bicicleta contemplaba un suicidio seguro. Pero no había intención suicida, solo quería un poco de aire. Sin frenos, propensa a las espesas bajadas de mogotes, pero más propensa a  terminar con mi emoción sumergida en un fango crepuscular. Todos los lugares comunes parecían tan eternos, las luces del semáforo, las bocinas, el aire caliente de diciembre, las voces como susurros de la plaza, el asfalto abrazando las ruedas. La única que estaba fuera de suspensión era yo, corría a mil kilómetros por hora alrededor del perímetro circular de mi cabeza. No sé como no me prendí fuego. Cuando logré retornar a casa el sol había caído, fumé treinta cigarrillos y bailé un popurrí incoherente. También hable con todos. Con algunos, cosas triviales. Con otros, la incomprensión. Le dije a Florencia: quiero gritar, llorar e irme a México; en ese orden. Todavía no había agotado mis energías. Quería salir y era lunes. Ya no me acuerdo más. Solo esa sensación tácita de lo que nunca acontece. 
Por suerte la bici hoy tenía frenos, al igual que mis pensamientos. El orden.

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